La veía desde fuera y apenas la reconocía. No sabía si era ella o era yo, pero no cabía duda de que no éramos los mismos que se habían amado con el empuje y valentía que da aquello que crees que nunca te hará daño. Volver a aquello era ya algo imposible. Estamos ambos llenos de cicatrices que no se podían disimular con barbas o tiritas. Verla a ella era ver mi herida. El cambio de sensación era tan grande que se me pasó por la cabeza que había sido yo el causante, que me había quedado vacío por dentro y era incapaz de sentir nada. Quizá ahí había acabado todo: con ella. Quizá no hubiera nada mejor esperándome en otro sitio. Quizá ya lo había vivido todo y tenía que confirmarme con los recuerdos durante lo que me quedaba de vida. O puede que el problema fuese que me había acostumbrado a que todo lo que tuviera que ver con Marta doliera.
Días sin ti - Elvira Sastre.
I'm nobody! Who are you? Are you nobody, too?
jueves, 4 de junio de 2020
martes, 21 de abril de 2020
No te he abandonado
Hubo una vez que al leer este poema, pensaba en alguien y me aliviaba.
Elio González tiene un vídeo donde lo recita de una manera increíble.
No te he abandonado.
Mis cosas no te hablarán del nunca,
pero es que había en ese silencio
mucho ruido y las avispas que te
daban miedo parecía que habían
hecho nido en mis ojos. Estaba muy
deshilachada ya para sostenerte.
Ahora silente, cautiva adrede en
otro orden, como en una casa donde he prohibido tu perfume, donde no
voy llenando los rincones de
promesas. Estoy buscándome nueva en
otro azul.
Estoy sin estar. Sé que es algo
raro y tú no lo sabes, pero a veces
te cobijo.
Te pienso. Y el día acaba
pareciéndose a ti.
No te he abandonado.
Tal vez volverán los momentos del
vino, de películas turcas y boleros
donde entonces tú no protagonices
el estribillo. De colocar de nuevo las ventanas. Pero tenía despeinada
la vida.
Busqué la sed que calma el agua.
Algo semejante a los dedos
protectores bajo el raso. Y estas
palabras de fogueo corroboran,
hablan, mienten sólo en la mitad de
su imagen cuando te dicen que sigo
estando.
Borra mis huellas anteriores.
Bórralas. Menos el deseo a todo lo
tuyo.
Imagíname intacta y desconocida,
como el destino deseado que sólo
conoces por postales.
Me fui porque te parecía triste la
música si yo la cantaba. Estas
alegrías sonaban por quebrantos.
Me fui porque tus brazos compartían
el vuelo con las aves que huyen de
las estaciones del frío.
Me fui porque iba tanto a buscarte
que me cruzaba conmigo de vuelta
siempre sin noticias y se le iban
enredando las ganas en el
desconsuelo.
Me fui porque estas manos ya
querían saberte de memoria.
No te he abandonado.
Sólo me he ido leve, el tiempo de
un contraluz, un ensayo, un
desvelo, o lo que tarda en
derretirse el alma de una vela.
Me fui porque esta esperanza
era tu asiento vacío en un carruaje
de plomo con un caballo de piedra
sobre un puente de cerillas.
No te he abandonado.
Y créeme si te digo que estoy
cerca, justo en la distancia de los
pasos que me protejan de intentar
quererte de nuevo.
Y créeme si te digo que estoy
lejos, pero justo en la distancia
de los pasos que me permitan volver
a ti si te hiere la vida.
Puerta que al abrirse muestra una playa - Rubén Tejerina.
viernes, 25 de mayo de 2018
Olvido
Yo soy tu dueño, tú me lo juraste a tu modo; mandaba en tu alma que es lo principal; toda eres mía, sobre todo porque te quiero como un miserable...
¿Qué saben ellos, Anita, de estas cosas que sabemos tú y yo? Si tú las sabías también y las olvidaste.
-La Regenta.
¿Qué saben ellos, Anita, de estas cosas que sabemos tú y yo? Si tú las sabías también y las olvidaste.
-La Regenta.
sábado, 22 de octubre de 2016
Desde
Desde que no se atasca la ducha y tu perfume no excede las mañanas, alguien olvida colgar la ropa, cansarme, hacerme dormir el invierno.
Desde que no aparecen todas las toallas mojadas ni se reparten por el baño un centenar de bártulos, me duele aquí y aquí y aquí y no sé qué médico podría recetarme algo para este dolor.
Desde que el café es solo y no importa qué suene en la radio, desde que las horas son una suma imponente y la comida nunca está en su punto, desde que no importa la sed ni la noche para tirar de otro trago, me duele aquí, lo juro, y aquí, y en el silencio oigo tu voz como un aletear, como el pequeño correr de un riachuelo.
Desde que la noche se ha vuelto oscura y el día ciega más que el orgullo, me duele aquí, y aquí, y aquí.
Desde que te has ido, me sobra un calcetín, un cojín y media almohada. Me sobra media ducha, un casco, dos patas de la mesa. Me sobra la luna o me sobra el sol, las y media o las menos cuarto, los días pares o las vísperas de festivo. Me sobra, desde que te fuiste, medio pomo de la puerta, las ondas del microondas, un zapato, uno de mis ojos tercos (que te busca y te busca y te busca).
Desde que te fuiste me duele aquí, y aquí, y me sobra todo y me falta, solamente, una cosa.
- Diego Álvarez.
Desde que el café es solo y no importa qué suene en la radio, desde que las horas son una suma imponente y la comida nunca está en su punto, desde que no importa la sed ni la noche para tirar de otro trago, me duele aquí, lo juro, y aquí, y en el silencio oigo tu voz como un aletear, como el pequeño correr de un riachuelo.
Desde que la noche se ha vuelto oscura y el día ciega más que el orgullo, me duele aquí, y aquí, y aquí.
Desde que te has ido, me sobra un calcetín, un cojín y media almohada. Me sobra media ducha, un casco, dos patas de la mesa. Me sobra la luna o me sobra el sol, las y media o las menos cuarto, los días pares o las vísperas de festivo. Me sobra, desde que te fuiste, medio pomo de la puerta, las ondas del microondas, un zapato, uno de mis ojos tercos (que te busca y te busca y te busca).
Desde que te fuiste me duele aquí, y aquí, y me sobra todo y me falta, solamente, una cosa.
- Diego Álvarez.
miércoles, 28 de enero de 2015
viernes, 30 de mayo de 2014
miércoles, 29 de enero de 2014
Tan solos
¿Por qué tenemos que quedarnos todos tan solos? Pensé. ¿Qué necesidad hay? Hay tantísimas personas en este mundo que esperan, todas y cada una de ellas, algo de los demás, y que, no obstante, se aíslan tanto las unas de las otras. ¿Para qué? ¿Se nutre acaso el planeta de la soledad de los seres humanos para seguir rotando? Me tumbé de espaldas sobre una piedra plana, alcé la vista hacia el cielo y pensé en la multitud de satélites artificiales que debían de estar girando alrededor de la tierra. El horizonte aún estaba ribeteado de una pálida luz, pero en aquel cielo teñido de un profundo color vino empezaban a brillar ya las estrellas. Busqué en él la luz de los satélites. Pero aún había demasiada claridad para que pudieran apreciarse a simple vista. Las estrellas visibles permanecían inmóviles, cada una en su lugar, como clavadas en el cielo. Cerré los ojos, agucé el oído y pensé en los descendientes del Sputnik que cruzaban el firmamento teniendo como único vínculo la gravedad de la tierra. Unos solitarios pedazos de metal en la negrura del espacio infinito que de repente se encontraban, se cruzaban y se separaban para siempre. Sin una palabra, sin una promesa.
Sputnik, mi amor - Haruki Murakami
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)