En algún sitio leí que un abrazo es en los humanos lo que el cargador al móvil. No sé, tal vez será porque si el cargador se te pierde, lo echarías mucho de menos en algún momento. La verdad es que soy mala buscando explicaciones a frases tan raras. De cualquier forma y como decía alguien, para dar un abrazo en condiciones, primero hay que haberlo echado mucho de menos, pero mucho mucho muchísimo de menos. A mí los que más me gustan son los abrazos que hacen que te duelan las costillas, definitivamente son mis favoritos. Para mí son mejores a veces que cualquier palabra, caricia e incluso algún beso. Creo que el abrazo es la única forma conocida que tiene el ser humano de parar el tiempo. Es la continuación entre el abrazo y todo lo que se puede llegar a sentir. Y bueno, no sé por qué hablo de esto hoy. Tal vez será porque realmente hoy echo mucho de menos uno de esos.
Cerré los ojos y me asaltaron los recuerdos de Luke. El dolor inicial que me había causado su rechazo se había desplazado ligeramente para hacerle sitio al dolor que me causaba haberle perdido. Él y yo prácticamente vivíamos juntos, y su ausencia era como una tortura. No debí empezar a pensar en él y en lo que me había dicho, porque eso me ponía un poco histérica. Me invadía una compulsión casi incontrolable de verlo inmediatamente, decirle que estaba muy equivocado y suplicarle que volviera junto a mí. Tener esa incontrolable compulsión a bordo de un avión al principio de un vuelo de siete horas era una estupidez. Así que me reprimí la necesidad de comunicarme con él. Afortunadamente, la azafata empezó a repartir bebidas, y acepté un vodka con naranja con la misma gratitud con que una niña a punto de ahogarse habría aceptado una cuerda.