La veía desde fuera y apenas la reconocía. No sabía si era ella o era yo, pero no cabía duda de que no éramos los mismos que se habían amado con el empuje y valentía que da aquello que crees que nunca te hará daño. Volver a aquello era ya algo imposible. Estamos ambos llenos de cicatrices que no se podían disimular con barbas o tiritas. Verla a ella era ver mi herida. El cambio de sensación era tan grande que se me pasó por la cabeza que había sido yo el causante, que me había quedado vacío por dentro y era incapaz de sentir nada. Quizá ahí había acabado todo: con ella. Quizá no hubiera nada mejor esperándome en otro sitio. Quizá ya lo había vivido todo y tenía que confirmarme con los recuerdos durante lo que me quedaba de vida. O puede que el problema fuese que me había acostumbrado a que todo lo que tuviera que ver con Marta doliera.
Días sin ti - Elvira Sastre.