Más tarde, cuando el avión atravesó las nubes, cerré los ojos y me asaltaron los recuerdos. El dolor inicial que me había causado su rechazo se había desplazado ligeramente para hacerle sitio al dolor que me causaba su ausencia. No debí empezar a pensar en él y en lo que me había dicho porque eso me hacía sentir un poco histérica. Me invadía una convulsión casi incontrolable de verlo inmediatamente, decirle que estaba equivocado y suplicarle que pensara un poco en mí. Tener esa incontrolable convulsión a bordo de un avión al principio de un vuelo de cinco horas era una estupidez. Así que reprimí mi necesidad de correr a buscarlo. Afortunadamente, la azafata empezó a repartir bebidas, y acepté un vodka con naranja con la misma gratitud con que una niña a punto de ahogarse habría aceptado una cuerda."
Rachel se va de viaje - Mariam Keyes.